Blog de Julia Enken

DEBACLE MILONGUERO







Seguro si no me equivoco pasaron diez años de esta debacle milonguero que pasamos en una club que se llamaba Cats. Estaba  dirigido por  Edgardo y Susana. Pues bien, una de las noches que fuimos a milonguear como siempre, esta pareja bailaba un poco para que les viéramos  cómo los torsos se juntaban  anteponiendo  una suave mirada y cabeceo y así comenzar una tanda de tango.

Nos encontrábamos unas cuarenta personas,  sentadas en sillas con mesas en medio, charlando de cualquier cosa o bailando cuando Susana “Dj”ponía la tanda que en esos momentos tenía disponible. Las milongas en esas fechas,  aún no disponían de música copiada al PC. Solo cds en los que se iba copiando la mejor música de los años cincuenta.

En ese momento, llegó un extraño a la barra que la teníamos muy cerca de la pista de baile y pidió un Wiski. El camarero viéndole que estaba totalmente borracho le dijo que iban a cerrar y que no le podía atender ya. El cliente ni corto ni perezoso se subió corriendo  encima de la barra para llegar donde estaba el camarero y empezó a pegarle puñetazos. El camarero que, se quedó petrificado en esos instantes, no se podía imaginar que le estuviera dando tortazos comenzó a correr. Salto la barra deprisa para deshacerse del cliente. Entonces este señor pilló las sillas que había por en medio y comenzó a tirárselas al aire como si fueran pelotas, para darle en la cabeza. Unas sillas detrás de las otras por el aire. Y también algunas  mesas. Entonces, Edgardo y otros dos corrieron también intentando apresar a este cliente. Pero en ese momento estaba la sala llena y nos tuvimos que apartar corriendo del sujeto en cuestión  para que no nos cayeran encima las mesas y las sillas. Se formó un jaleo terrible. Al final lo agarraron entre tres o cuatro y lo echaron a puntapiés a la calle. Se terminó el inminente enredo que nosotros no pudimos solucionar rápidamente.

Después, todos los milongueros que estábamos allí  nos llevamos un susto tremendo. Cualquiera de las mesas que pululaban por el aire podría haber caído en nuestras cabezas. Pero no fue así. Gracias a las personas que lograron atrapar a aquel individuo que quería beber sin control pudimos seguir bailando.

Y después, ya pasados estos años y hasta ahora, nunca hemos padecido en nuestras propias carnes motivos suficientes para que ocurrieran hechos similares.

Lo recuerdo como algo anecdótico para contarlo. Como mi  memoria es  singular y efectiva, y para que nunca vuelva a pasar, he contado esta historieta. Espero  que, cuando pasen algunos borrachos por la barra cerca de la pista, cierren las puertas para que no se les ocurra ni siquiera pueda pasar a trompicones.



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